Acaricias violentas
Melancolía, Lars von Trier, 2011
Confrontada con la próxima colisión de Melancolía con la tierra, la protagonista Justine se entrega desnuda al impacto del planeta que se avecina amenazador. Mientras rechaza consumar su noche de boda se deja tomar por la visión sobrecogedora del astro, la penetración planetaria.
¿Quién no ha soñado con el fin del mundo y con lo que haría en sus últimos momentos? Ese catalizador de la honestidad humana, que revela nuestra naturaleza verdadera, efímera, aparentemente insignificante.
El extremo contraste de escala entre la vida humana y el universo parecerá una preocupación común, si no a todos, al menos a los directores de dos películas recién estrenadas. Tanto Melancolía como El árbol de la vida utiliza imágenes a las que hemos estado hasta ahora más acostumbrados de ver en la divulgación científica.
¿Qué hemos de concluir de esta superposición del melodrama de la vida humana y el dramón galáctico? Se intuye que no son simples renuncias al significado de la existencia humana, sino meditaciones sobre lo infinito, donde hablar de escala pierde cualquier sentido.
Cuando ya se ve inaplazable la colisión de Melancolía con la tierra, Justine es la única que responde a la situación como frente a una oportunidad. Acaso no es el planeta el que se acerca sino Justine quien lo atrae, dado que es sólo frente la destrucción que ésta llega a la plenitud. Y es que el nihilismo da pie a dos logros: si no tienes nada que perder, no temes nada, y tiene todo por ganar. Sería un caso de la ley de atracción mediante la cual Justine nos destruye a todos. No obstante, en realidad no es Justine quien desea esto para nosotros –si al final es un personaje de ficción–, sino el propio director.
En el fondo hay algo que consuela en la idea de nuestra destrucción inminente, la posibilidad de empezar de nuevo, de regeneración. Tumbémonos desnudos al lado de Justine, de Lars, y esperemos deseosos de nuestro fin.