¿A qué juegas, Eduardo Guerra Ortega?
Lo dice él mismo. Le incomoda hablar de su «obra»; es como si hablara de otro. EGO (pseudónimo del artista compuesto por las siglas de Eduardo Guerra Ortega) no lo pone nada fácil ni al crítico ni a su público. Desde el primer momento, nos vemos enfrentados por la cuestión: ¿qué constituye su obra? La respuesta, fiel a su nombre, promete guerra, y más aún si se tiene en cuenta que le resiste al mismo creador.
Antes de empezar siquiera a analizar su obra, EGO exige que uno tome distancia, para así identificar exactamente cuál es el objeto de estudio. Si ordinariamente colocamos bajo el prisma crítico al objeto, aquí este resulta esquivo o equívoco. Como si del principio de incertidumbre tratase, cuanto más nos acercamos más traidor resulta. Es aconsejable mirar de soslayo, siempre evitando la mirada directa a no ser que su discurso laberíntico te deje perdido, petrificado.
Que no haya distinción entre proceso y objeto, o incluso entre objeto y creador no es particularmente novedoso. Donde más se destaca EGO es en lo que yo calificaría de «metapráctica». Si process art nos abrió el horizonte a que la misma práctica pudiera sustituir el «objeto», ahora se nos pide que nos alejamos un paso más hasta poner nuestro enfoque crítico en la concepción, diseño y gestión de la misma práctica. Al parecer, es satisfactorio no sólo no proceder a un resultado, sino no proceder siquiera, dirigiendo el acto creativo hacia la cuestión de cómo proceder.
Si llegado a este punto el lector se encuentra perplejo, no se desanime. Si le parece que está todo deliberadamente enrevesado, que el artista (o acaso el crítico) se afana en desplegar cortinas de humo y galerías de espejos para ocultar su identidad y la de su obra, estimado lector, dispone usted de dos siglas para resolver el enigma:
_ _ E G O
